Manifiesto curso Inmersión Ignaciana 2019

Vinimos a Manresa con esa mezcla de ilusión y de miedo que uno suele tener cuando uno se lanza a una nueva aventura. Teníamos la intuición de que aquí el Señor tenía algo preparado para nosotros y que nos decía “párate y escúchame”. Por otro lado, muchos de nosotros necesitábamos como el aire un tiempo de pausa, de recuperación, de resituar y reordenar la vida, de “espacios verdes” revitalizadores para conectar de nuevo con la frescura del Evangelio, pues llegábamos bastante cansados y con preguntas y búsquedas a cuestas.

Nuestra primera sorpresa fue ir descubriendo que los cursos y temas propuestos no eran meramente teóricos, que lo que en realidad se nos iba proponiendo era una larga y continuada experiencia espiritual vital. Poco a poco se nos fue haciendo verdad sentida aquello que de que “el Señor nos conduce hacia verdes praderas, nos hace descansar, repara nuestras fuerzas, nos unge con perfume…y nos invita a regresar al manantial de su amor”

Hoy, al concluir la experiencia del curso, nos sentimos profundamente agradecidos por haber podido “pisar, tocar y palpar” aquellos lugares fontales de nuestra espiritualidad ignaciana, aquellos caminos recorridos por el peregrino que nos han devuelto a nuestros orígenes, a darnos cuenta de lo que realmente es importante en la vida y le da sabor y aroma. En estos lugares “sagrados” pudimos hacer suavemente, como gota de agua que cae en esponja, la experiencia que hizo Ignacio: comprender que el Señor nos ama desde siempre, que podemos mirarnos con sus ojos y sentirnos amados por su amor, y descubrir que nos inunda de sus dones para que se los retornemos en servicio. Ha sido como un poder sentir la divinidad desplegándose por entera, abrazándolo todo, amándonos en todo. La experiencia de Ignacio que hemos saboreado de mil maneras nos ha ayudado a descubrirnos humanos en servicio cercano y humilde al mundo y a la Iglesia “con otros”.

También nos sentimos agradecidos por todos los que han hecho posible esta experiencia; por la estructura del curso, por los maestros que tuvimos y que nos brindaron lo mejor de su saber, de su experiencia, de su amor apasionado; por la amabilidad del personal de la casa. Y por la calidad y calidez del grupo que aquí hemos formado a lo largo de estos días; un grupo sano, espontaneo, respetuoso, amical. Sentimos haber formado durante este tiempo una comunidad de hermanos y hermanos que compartimos una misma misión. En el itinerario, progresivamente nos hemos ido descubriendo miembros de un cuerpo apostólico. Y hemos ido descubriendo que todo es gracia, que es el Señor quién nos sostiene y que lo nuestro es dejarnos conducir por caminos inesperados. A pesar de nuestras limitaciones somos conscientes de que hay mucho por hacer y de que el Señor sigue pidiendo nuestra colaboración en su misión.

A lo largo de este tiempo, se han despertado nuestros deseos de ser compañeros y compañeras de Jesús como Ignacio, humildes y sencillos, contemplativos y atentos a las necesidades del mundo, capaces de mirarlo como Dios lo mira, reconciliados y reconciliadores, servidores entre los últimos. Deseos de seguir profundizando la relación con la familia ignaciana en misión compartida desde lo específico de la vocación de cada uno. También deseos de vivir desarmados y vaciados de nosotros mismos para poder ser llenados de Dios, y todo ello para “el bien de las ánimas”. Ojalá, pues, podamos mantener esta disposición a dejarnos educar por Dios en esta larga y nunca acabada marcha hacia Él en todas las cosas.

Regresamos a nuestros lugares de origen con un mayor sentimiento de identidad y de pertenencia, enamorados del carisma ignaciano, renovados en coraje y generosidad, consolados y emocionados, con una mirada hacia el mundo más amorosa y misericordiosa, con el firme deseo de ser disponibles y alegres en el ejercicio de la misión, sabiendo que “hemos sido puestos con el Hijo” para colaborar con su misión, y con ilusión por realizarla desde el fuego interior que nos abrasa y en permanente actitud de discernimiento lúcido, de examen atento para percibir lo que nos ayuda y lo que nos separa del seguimiento de Cristo, de mirada orante y de ojos abiertos, de reconocimiento de los movimientos del Espíritu. Hay una Buena Noticia, la del amor cercano de Dios, que no podemos dejar de anunciar y de acercar, sobre todo a aquellas personas que necesitan saberse queridas por alguien.

No podemos esconder que el hecho de tener que regresar a nuestros lugares de procedencia – muchos de ellos tan convulsionados – nos asusta un poco. Pero la confianza nos dice que Él mismo actuará a través nuestro: si Él ha sido bueno con nosotros hasta ahora, nos seguirá acompañando con bondad y cargando con misericordia.

En definitiva: nos sentimos invitados a peregrinar tras las huellas del peregrino para que, sabiéndonos habitados por el Espíritu del Señor, podamos en todo amar y servir.

                 

Grupo Inmersión Ignaciana. Manresa-2019